Esto pasó hace 8 años, cuando estudiaba en la Universidad José Cecilio del Valle, en Tegucigalpa, Honduras.
La primera vez que vi a Elian estábamos esperando para entrar a la primera clase del segundo período de 2018. Desde que lo vi por primera vez pensé que era una de las personas más bonitas que había visto en mi vida. Así, sin exagerar.
Lo curioso es que entre nosotros realmente nunca pasó algo. No tuvimos una relación ni llegamos a ser pareja. Pero durante unos seis meses él estuvo entrando y saliendo de mi vida de una manera que terminó afectándome muchísimo.
Al principio él era quien mostraba interés. Se acercaba, buscaba mi atención, parecía interesado en conocerme... y después se alejaba. Luego volvía a acercarse y otra vez se alejaba. Y así estuvimos durante meses.
Yo estaba completamente confundida porque nunca sabía qué significaba cada acercamiento. Un día parecía que sí quería algo conmigo y al siguiente actuaba como si nada.
Y mientras todo eso ocurría estaba Ariadna, una de sus “amigas”.
Ella me odiaba. No tengo otra manera de decirlo. Se notaba muchísimo. Me miraba horrible y su actitud conmigo cambió desde que se hizo evidente que a ella también le gustaba Elian.
Con el tiempo entendí que había una especie de plan detrás de todo aquello. Ariadna había invitado a Alessia para que, cuando Elian se acercara a mí, ella pudiera intervenir, llamar su atención y conseguir que se alejara de mí.
Y funcionaba.
Creo que esa época también tocó una herida que yo ya tenía: la comparación. Empecé a preguntarme qué tenían ellas que yo no tenía, qué hacía que alguien las eligiera a ellas y no a mí, y si quizás había algo en mí que simplemente no era suficiente.
Lo peor es que, aunque racionalmente sabía que el interés de una persona no determina el valor de otra, emocionalmente no siempre podía verlo así. Cada vez que él elegía prestar atención a otra persona, una parte de mí lo interpretaba como una comparación en la que yo estaba perdiendo.
Y eso hizo que todo doliera mucho más de lo que probablemente habría dolido en otras circunstancias.
Lo que siempre me pareció triste de todo esto es que yo nunca vi a Elian como un objeto. No quería “ganarlo” para demostrar que era más bonita que otra persona, ni lo veía como una forma de validar mi autoestima. Me gustaba él como persona. Me parecía guapísimo, sí, pero también veía sus defectos, sus actitudes y sus contradicciones.
Yo quería conocerlo.
Y si eventualmente no surgía una relación, honestamente me habría gustado que pudiéramos ser amigos.
Pero con el tiempo empecé a sentir que para él yo no era realmente una persona que quería conocer, sino una fuente de validación. Cuando quería mi atención, se acercaba. Cuando conseguía esa atención, se alejaba. Y cuando necesitaba demostrar que podía llamar la atención de alguien más, también parecía acordarse de mí.
La última parte fue cuando empezó a coquetear con Alessia delante de mí.
Y no me refiero a que simplemente estuvieran hablando. Lo hacía específicamente cuando yo estaba presente y podía verlo. Era como si necesitara que yo supiera que estaba coqueteando con ella.
Así que finalmente hice contacto cero.
Y lo más triste es que esa no era la manera en la que yo quería que terminara todo. Yo no quería dejar de hablarle. No quería convertirlo en alguien completamente ajeno a mi vida. Simplemente llegó un punto en el que entendí que seguir ahí me estaba haciendo daño.
Lo irónico es que, después de unos meses, Alessia terminó siendo novia de otro chico del que estaba enamorada, alguien que ella consideraba mucho más atractivo que Elian.
Y ahí me quedé pensando en todo.
En cómo durante seis meses había estado intentando entender las señales de una persona que probablemente nunca tuvo la intención de ofrecerme algo real.
Han pasado ocho años y, aunque obviamente mi vida siguió, todavía recuerdo aquella época.
No porque piense que Elian fue “el amor de mi vida”. De hecho, nunca llegamos a tener una relación.
Creo que lo que todavía me mueve es pensar en lo diferente que pudo haber sido todo si simplemente hubiera existido honestidad desde el principio.
Tal vez no habríamos sido pareja.
Tal vez habríamos sido amigos.
Tal vez no habría pasado absolutamente nada.
Pero habría preferido cualquiera de esas opciones antes que pasar seis meses intentando descifrar si alguien realmente quería conocerme o simplemente necesitaba saber que podía tener mi atención.
Y quizá esa sea la parte que más me costó sanar: entender que no ser elegida por alguien no significa que otra persona sea más bonita, más interesante o más valiosa que yo. Durante mucho tiempo confundí el rechazo o la falta de elección con una comparación, como si siempre hubiera una ganadora y una perdedora.
Hoy entiendo que probablemente nunca se trató de eso.